Leo con “marcada preocupación” la incursión de un Starbucks en la ciudad del Cusco, para ser más precisos en las instalaciones del emblemático Café Ayllu, aquel que visité en reiteradas oportunidades tanto en mi infancia, adolescencia y en los últimos años cada vez que recorrí la tierra donde fluye gran parte de mi sangre materna.
Pero mi “marcada preocupación” no es por la noticia en sí, sino por el grito de guerra y las banderas del chauvinismo cusquense -como dirían algunos veteranos sabios cusqueños- que comienzan a levantarse. Podría rasgarme las vestiduras pensando que aquel añejo espacio cusqueño, ícono del aromático café y las tartaletas de manzana por excelencia, donde las tertulias familiares o amicales se desarrollan con profundo placer, ha de ser comprado o transformado en un negocio con una marca de nuestros tiempos. Podría dejarme atormentar por el hecho de pensar de manera casi instintiva, en que quizá se puedan diluir en el tiempo esas tardes al frente del Huacaypata, rodeadas de viejos cusqueños -tal como describe Ernesto Ráez- en su carta enviada a este medio virtual, pero creo ninguna de las dos cosas sucederán.
Que un Starbucks se asiente en el Ayllu Café no debe causar tanta conmoción, aunque nuestro intrincado corazoncito nos diga lo contrario. Que no panda el cúnico, como diría un popular personaje de la televisión. No es para jalarse los pelos, ni provocar -bajo un control sentimental de nuestro criterio- un cierra puertas total a nuevas ideas o propuestas, aunque estas tengan la intención de desarrollarse en medio del Huayna Picchu. Esos equivocados esquemas regionales o paradigmas mentales no hacen más que incentivar movimientos o revueltas incendiarias que luego nos pasan tremendas facturas. De qué nos pueden servir alarmistas muestras de patrioterismo inca si, por siglos de los siglos, no hemos tenido reparos en que Cusco sea un equivocado asentamiento de ingresos, no solo de capitales extranjeros sino, sobre todo, a las depredatorias inversiones turísticas procedentes de nuestra querida capital.
A santo de qué viene ahora la alarma, si la decisión que ingrese o no Starbucks u otra marca, depende única y exclusivamente de lo que el dueño o dueños del Ayllu Café decidan en pro de sus justos intereses. Que los veteranos cusqueños pisen o dejen de pisar el Ayllu Café, Starbucks o como quiera llamarse en el futuro, o que Vivaldi deje de sonar entre esas paredes, es algo que solo los dueños del establecimiento dirán. Amén de que digamos los que somos aficionados a una buena taza de café o unas deliciosas tartaletas de manzana.
Puedo decir, con humilde precisión, que en mi experiencia viajera cada vez que pisé un Starbucks ubicado en algún emblemático centro o pilar de la cultura Maya, europea o Pre colombina, observé un tremendo respeto por el entorno que albergaba a esta marca que reparte café. Como el mismo Ernesto afirma, “el profundo respeto por la responsabilidad social” que ostenta esta marca, considero que la hace viable para un manejo serio, creíble y, sobre todo, para darle la oportunidad de demostrar que puede seguir haciendo las cosas bien. Lo justo es dejar espacio para que tanto propietarios, inversionistas y usuarios tengan la amplia libertad de elegir. De eso se trata. Eso es bueno, aunque nuestro corazón cusqueño, inca, conservacionista, nacionalista o como queramos llamarlo, pretenda decirnos lo contrario.

